TABARÉ RAMOS
EL COFRE DEL ANCIANO

Le pareció que había nacido entre las sabanas de una aventurera holandesa para revisar cofres antiguos bajo la luz lunar, y fueron las crestas de las olas que le murmuraron a través de las conchas marinas el dolor de los huérfanos, quienes empantanados en su ilusión de aferrarse a un retrato de corsario no dormían manteniendo en vigilia a las estrellas cuando el sol quemaba todo recuerdo terrenal.
Una grulla desorientada soltaba valses sentidos de estibadores portuarios en Malabrigo, caleta de pescadores dorados que perseguían por generaciones, sin haberlo visto nunca, a la tortuga de concha perla tornasol. El cofre finalmente fue abierto en el altillo, con la confidencia sin resquebrajos que da la soledad, por las manos sabias del anciano y salió, por entre fotos amarillas, pipas de pirata y corpiños medioevales la voz escurridiza que no necesitó convencerlo que el reloj del tiempo no marchaba más.
Tabaré
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